En
el Capítulo Anterior:
Fabricio
se libró de la araña en su estómago gracias a una cirugía realizada por un
veterinario. Pero el veterinario tenía otras intenciones con el bicho que
extrajo y se inyectó en sus venas la sangre de la araña mutante.
Por
otro lado, los chicos decidieron dividirse en turnos para cuidar de Germán.
Por
su parte, Virginia les anunció a los chicos que viajará a Campo Azul para
seguir la pista de Ignacio y tratar de descubrir dónde está el Compendio.
Ninguno de sus amigos sabe que ella, en realidad, lo tiene en su poder.
Entonces, ¿para qué viajará?
LA SEMANA ANTERIOR
Virginia
entró en crisis.
Por
lo general, no demostraba sus emociones en público, pero haberse enterado que
ella siempre fue Margaret, le hizo perder cualquier clase de pudor.
Fabián
estaba boquiabierto ante la noticia. Hernán, con su rostro lleno de culpa.
Hasta Ignacio, que había viajado con ellos sólo por el libro, se mostró
preocupado.
Ella,
presa de cólera, acusó a su ex novio.
VIRGINIA:
¿Cómo pudiste ocultarme todo esto?
HERNAN:
Tú me dijiste que hiciera el conjuro y que no te revelara nada, que era por tu
propio bien.
FABIAN:
Quizá para que no tengas que lidiar con la culpa por lo que le hiciste a los
chicos del campamento.
La
frase de Fabián, que parecía un método de aclarar el panorama, estuvo cargada
de intención. Él la culpaba por lo que sucedió en el campamento.
HERNAN:
Antes de que suceda lo del campamento la idea ya estaba tomada. Yo recién te
conocía. Llevábamos unas semanas saliendo cuando me pediste ayuda. Querías
escapar de algo.
VIRGINIA:
Eso es obvio, pero, ¿de qué?
HERNAN:
Nunca me lo dijiste. No sé si notaste que eres un poco reservada con respecto a
tus cosas.
VIRGINIA:
No es momento para chistes.
IGNACIO:
No estoy entendiendo mucho todo el problema que tenemos aquí, por lo que no
meteré bocado. Sólo quiero el maldito libro para poder dárselo a Pablo.
Virginia
dejó que la emoción se apagara y pudo usar la cabeza en frío.
VIRGINIA:
No puedo darte el Compendio. Tengo que buscar algunas respuestas.
IGNACIO:
Si vuelvo sin el Compendio, perderé la libertad. Fue el trato que hice.
VIRGINIA:
Pues no puedo dártelo. Tengo que revertir el pasado. ¿Dónde está el libro?
Hernán,
como quien deseaba desentenderse de los tres locos que aparecieron en su casa,
sacó el libro de una pequeña estantería. Estaba cubierto de polvo, pero
Virginia reconoció que era el mismo que estaba en el campamento.
VIRGINIA:
Si conseguí sacarlo del campamento es porque allí estaba la respuesta para
recuperar la memoria. No habría hecho todo lo que hice si no tuviera un plan de
respaldo. Sólo necesito recordar cuál fue.
IGNACIO:
Entiendo que te preocupe tu memoria, pero yo aprecio mi libertad.
Virginia
miró el cuchillo que había sobre la mesa.
Iba
a quedarse con el libro a como diera lugar, aunque tuviera que apuñalarlo.
Ignacio
también observó el utensilio.
Era
obvio que se derramaría sangre.
IRUPE
Se
despertó con el vello del pecho de Edgar intentando entrar en su nariz. Le
produjo cosquillas y por poco estornudó. Para su sorpresa, Edgar estaba
despierto.
IRUPE:
Tengo que reconocer que te faltará un brazo pero sabes compensar muy bien su
ausencia.
Edgar,
increíblemente, no parecía estar de humor para que lo alaben.
IRUPE:
¿Qué te sucede? Acabo de darte un cumplido. Debería ser como cocaína para ti.
EDGAR:
Estoy un poco preocupado. Por Pablo.
IRUPE:
¿Por Pablo? ¿Pablo Catalani? ¿Quién en su sano juicio se preocupa por Pablo
Catalani? A menos que seas su mujer. Pero todos sabemos que Guillermina no está
en su sano juicio.
EDGAR:
Me pidió ayuda para que averigüemos sobre el paradero de Wilfredo. Y hemos
recorridos diferentes zonas de Estrella Dorada intentando localizarlo. De
repente, un día, Pablo no volvió a aparecer más.
IRUPE:
¿Desde qué día no lo ves?
Edgar
sonrió con cierta timidez, cual niño que se da cuenta que está por decir una
tontería. A Irupé le derritió el corazón esa actitud.
EDGAR:
Me vas a tratar de desequilibrado...
IRUPE:
Siempre te trato así.
EDGAR:
No lo veo desde que Virginia volvió al pueblo.
Irupé
estuvo a punto de responder algo cuando escuchó que llamaron a la puerta.
VIRGINIA
Guardó
el Compendio en un lugar seguro, donde sabría que sus amigos no se atreverían a
meter mano. Es decir, en su bodega.
Eran
las primeras horas de un domingo nublado. La lluvia había cesado y parecía que
estaba por salir el sol nuevamente. Era mejor para viajar, de todos modos.
Cuando
salió al living, Fabián estaba sentado allí.
VIRGINIA:
No sé en qué momento te consideraste bienvenido para irrumpir en mi casa cada
vez que quieras.
FABIAN:
No me gusta el papel que me estás dando.
VIRGINIA:
¿Qué papel es ese?
FABIAN:
El de ser tu consciencia moral. Apenas puedo ser mi propia consciencia moral.
VIRGINIA:
Dios santo, Fabián. No tengo ganas de aguantar otro discurso de tu parte. La
respuesta sigue siendo la misma. Me estoy yendo a Campo Azul, por si gustas
acompañarme.
FABIAN:
Claro. Como si quiero volver allí después de lo que pasó con Ignacio.
La
mención del nombre de Ignacio le provocó que su corazón se encogiera.
VIRGINIA:
No tendría que haberlo llevado con nosotros.
FABIAN:
No tenías muchas opciones. El chico estaba loco por ese Compendio. Te amenazó
con asesinar a Joseph. Y probablemente hubiera cumplido.
Joseph.
Se había olvidado por completo de él.
No
lo veía desde que volvió a Estrella Dorada.
Hubiera
querido aparecer ante él con la versión viva y reparada de Bruno. Era una forma
de compensar todo el daño que estaba ocasionando. Pero Cóndor fue más rápido y
se lo llevó antes de que ella pudiera rescatarlo.
VIRGINIA:
Decía que era su forma de comprar su libertad ante Pablo. Quizá si lo hubiera
dejado...
FABIAN:
No puedes revertir eso. Pero puedes hacer las cosas bien con los chicos del
grupo.
Virginia
dejó que pasara el momento de debilidad. Suspiró y se giró para sonreír a
Fabián.
VIRGINIA:
Prefiero averiguar cómo cambiar el pasado y arreglar todo. Pero gracias. Me
espera un largo día de carreteras por delante. Como siempre, estas charlas
contigo son un placer.
Lo
dijo sin ironía, pero a juzgar por el rostro de enfado de Fabián, el muchacho
no se lo tomó así.
IRUPE
Del
otro lado de la puerta de la casa de Germán, se encontraba Fernando.
IRUPE:
¡Fernando! ¿Qué haces despierto tan temprano? ¿Sigues levantándote a la
madrugada para salir a correr?
Fernando
asintió, pausadamente.
FERNANDO:
Hoy no. Todavía no vuelvo a la rutina. Cuesta un poco retomar los hábitos
saludables.
IRUPE:
Bueno, pero que no pase mucho tiempo. No puedes darte el lujo de echar a perder
tu físico. Es lo único destacable que tienes.
Fernando
la lapidó con la mirada.
FERNANDO:
Lo tendré en cuenta. Vine a ver a Germán. Supe que lo rescataron ayer.
IRUPE:
Sí, pero todavía está inconsciente. Lo recuperamos, pero parece que hacer que
alguien vuelva de la muerte es más complicado de lo que pensamos en un primer
momento.
FERNANDO:
¿Pero no está lúcido?
IRUPE:
Tiene pequeños momentos de lucidez, pero de momento optamos por hacer guardia y
ver cómo evoluciona.
FERNANDO:
Si quieres, puedo quedarme a hacer guardia.
IRUPE:
Eso sería estupendo. Porque nadie vino a reemplazarme todavía y tengo que
cuidar a mi otro hombre discapacitado.
FERNANDO:
¿A quién?
IRUPE:
A Jaime.
FERNANDO:
¿Qué le pasó?
IRUPE:
Nada, ¿por qué?
FERNANDO:
Me dijiste que debías cuidarlo.
IRUPE:
Me refería a hacerle la cena y esas cosas que, inexplicablemente, no puede
hacer él mismo.
La
puerta tras de ella se volvió a abrir y Edgar salió al exterior, campante y
despreocupado, como si no tuviera ninguna apariencia que guardar.
Miró
a Fernando y le hizo un gesto con la cabeza.
EDGAR:
Fernando.
FERNANDO:
Edgar.
Y
entonces Edgar siguió su camino sin volver la mirada atrás.
Irupé
se puso colorada cuando Fernando la observó inquisitivamente.
FERNANDO:
Parece que hay otras cosas que Jaime no puede hacer.
FERNANDO
Cuando
llegó el atardecer y ninguno de los amigos de Germán apareció, se dio por
notificado que Irupé había comentado que él iba a quedarse de guardia.
Mientras
apreciaba a un Germán desfallecido, Guido tuvo tiempo suficiente para pensar en
qué es lo que le convenía hacer.
Su
plan con Cóndor había fracasado indiscutiblemente. El maldito cara de ojo había
escapado tras una batalla a la que no pudo hacerle frente. Eso significaba que
estaba lejos del poder que requería para revivir a Lorena.
Estuvo
desilusionado y triste todo el día anterior, pero cuando se enteró que Germán
había vuelto a la vida, supo que le podía representar un problema.
Se
estaba acostumbrando a vivir como Fernando. Tenía un buen físico diferente a
sus anchas caderas originales y se sabía atractivo cuando se miraba en el
espejo. Además, parecía que el tal Fernando tuvo un pasado con Virginia y eso
le llamó poderosamente la atención. Virginia, después de todo, era una muchacha
muy bonita.
El
problema era si Germán recordaba que él lo había asesinado. No tardaría mucho
en desenmascararlo. Y si esto era así, tenía solamente dos opciones por
delante. Huir y comenzar de nuevo con otra identidad. O matar a Germán.
Claramente
no era tan sencillo como matar a Theo. Su ex amigo era una persona solitaria y
acabó con su vida en el momento justo que era consciente que nadie lo
percibiría. Germán, por su parte, tenía un séquito de amigos que investigarían
su muerte repetidamente.
De
momento, se quedó contemplando la ventana, mientras nadaba en su indecisión.
GERMAN:
¿Fernando?
La
voz de Germán le supo a descarga eléctrica.
Se
giró hacia él con tranquilidad.
FERNANDO:
Amigo... ¿Cómo estás? Con los chicos estamos haciendo guardia mientras te
recuperas.
Germán
asintió. No parecía un chico demasiado despierto pero en ese momento su rostro
mostraba mucha confusión.
Quizá
no recordaba.
Miró
la almohada que estaba al lado de su cama. Era amplia. Seguramente cubriría
toda su cara. Y dudaba que tuviera fuerzas para defenderse.
Tal
vez era mejor no correr riesgos.
VIRGINIA
Se
dio un abrazo obligatorio con Hernán en cuanto se tuvieron enfrente. Ella
reprimió los deseos de decirle que había engordado más desde la semana
anterior.
HERNAN:
¿Cómo has estado?
VIRGINIA:
Como pude. ¿Y tú?
HERNAN:
Lidiando con muchas cosas desde la última vez que nos vimos.
VIRGINIA:
Lamento todo lo que sucedió. Las cosas simplemente se salieron de control esa
tarde.
HERNAN:
Fue una tarde un poco loca, ¿no?
Virginia
apreció los muros del edificio al que estaban por entrar.
VIRGINIA:
¿Hay novedades?
HERNAN:
Ninguna hasta ayer. Quizá hoy nos enteremos de algo.
VIRGINIA:
Lo dudo.
HERNAN:
También yo. ¿Estás lista?
Virginia
asintió y siguió los pasos de Hernán en la clínica.
LA SEMANA ANTERIOR
Virginia
estuvo a punto de tomar el cuchillo cuando sorpresivamente Ignacio cambió de
lugar. Eso permitió que se relajara. Probablemente podían llegar a un acuerdo.
Pero
Ignacio se dirigió hacia Fabián y le dio un beso en los labios, ante la
sorpresa de todos.
IGNACIO:
Fabián, toma ese cuchillo que está en la mesa. Si Virginia no me da el
Compendio, quiero que empieces a apuñalarte el cuello.
FABIAN:
¿Qué?
HERNAN:
¿Qué está pasando?
VIRGINIA:
Me está extorsionando.
FABIAN:
Por favor, retira esa orden.
Pero
Ignacio no la retiró y sin poder evitarlo, Fabián tomó el cuchillo de la mesa y
se lo llevó al cuello.
Miró
a Virginia con ojos suplicantes.
FABIAN:
Encontraremos otra manera, Virginia. Dale el libro.
Una
culpa más, una culpa menos.
Virginia
tomó el libro entre sus manos y lo apretó como si fuera un hijo del que no iba
a desprenderse.
Lloró
otra vez.
VIRGINIA:
Lo siento mucho.
Apresurada,
se dirigió hacia la puerta corriendo a toda velocidad.
FABIAN:
¡Virginia...!
Por
el rabillo del ojo, pudo apreciar el momento en que Fabián se daba el primer
cuchillazo en la garganta y toda la sala de Hernán se llenaba de su sangre.
VIRGINIA
La
habitación era fría. El panorama en su interior, era devastador.
Fabián
estaba en coma. Conectado por tubos. Su cuello era una bufanda de vendas
blancas.
VIRGINIA:
¿Qué pasó cuando me fui?
HERNAN:
Ignacio lo hizo detenerse, pero para ese entonces ya tenía siete tajos en la
garganta. Tuvo la gentileza de quedarse hasta que vinieron los de la ambulancia
y responder a todas las preguntas de la policía. Por supuesto, Fabián quedó
como un suicida. ¿En qué momento llegará el chamán que trae a la gente del
limbo?
Virginia
apartó la vista de Fabián y se concentró en Hernán.
VIRGINIA:
No vendrá. No se lo dije.
HERNAN:
Pero pensé que era capaz de traer a la vida a las personas que se encuentran en
el estado de tu amigo.
VIRGINIA:
Y lo es. Pero no podía contarle el estado de él sin revelarle que yo tenía el
Compendio.
Hernán
la apreció boquiabierto.
HERNAN:
¿Estás diciéndome que ninguno de tus amigos sabe lo que sucedió con Fabián?
Virginia
no respondió.
Ella
encontraría la forma de arreglarlo todo.
Estaba
segura.
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