miércoles, 24 de octubre de 2018

Chapter 12


JOSEPH

Joseph mira atentamente la reacción de Virginia cuando Hernán, después de descender de su coche azul, le preguntó si acaso ella era la que sentía cosas por Fernando.

HERNAN: Puedes ser sincera. Puedo manejar la verdad.
VIRGINIA: Cariño, si hay algo que tú no haces es manejar la verdad.
HERNAN: Por supuesto que sí puedo manejarla.
VIRGINIA: Hernán, te dije que estabas excedido de peso y te encerraste a llorar en el baño.
HERNAN: Pero dejé de llorar y salí de él. Lo importante no es caer, sino saber levantarse.
JOSEPH: Alguien estuvo leyendo unos libros de autoayuda.
HERNAN: Uno los necesita si está en una relación con Virginia.

Virginia lapida con la mirada a Joseph.

VIRGINIA: Nos vemos en otro momento, Joseph.
JOSEPH: Oh, no. No te preocupes por mí. Quiero ver el desenlace de esta situación.

Virginia vuelve a suspirar con fastidio y mira a su novio.

VIRGINIA: La única forma de hacerte sentir mejor con respecto a la elección de otro Emperador, era diciéndote que era el interés personal de alguien.
HERNAN: ¿Entonces no lo era? ¿Celina no estaba enamorada de él?
VIRGINIA: No. Celina tiene novio. Está enamorada de él.
JOSEPH: Es hermoso el amor heterosexual.
HERNAN: ¿Y tú? ¿Estás interesada en él? Porque sino no entiendo por qué vienes a verlo.
VIRGINIA: Porque es un chico del Barrio que yo administro, Hernán. Lo haría por cualquiera que estuviera en esta situación. Incluso por ti.

Joseph mira a su ex novia con intranquilidad.

JOSEPH: Debes saber cuándo callarte.
VIRGINIA: Estoy ebria.
JOSEPH: Siempre estás ebria.

Los dos vuelven a mirar a Hernán, que parece sumamente consternado por la revelación.

VIRGINIA: ¿Qué sucede? ¿Por qué te preocupa? ¿Estás celoso de un chico en coma por la atención que recibe?
HERNAN: No, por supuesto que no. Eso sería sumamente infantil.
VIRGINIA: Incluso para tus parámetros.
JOSEPH: Virginia...
VIRGINIA: Es el alcohol. Bien, si ya terminamos este melodrama barato, creo que todos tenemos que ir a trabajar.

Y totalmente gélida, la chica se gira hacia su automóvil. Joseph, medio confundido, decide ir hacia el suyo. Ninguno de los dos se vuelve a mirar a Hernán, que queda en medio de la vereda totalmente confundido.

DAMIEN

Damien y Pedro están volviendo a colocarse su ropa, después de una sesión de sexo exprés en la oficina.

PEDRO: No quiero sonar ansioso, pero ¿qué significa esto?
DAMIEN: Que no tengo ni un ápice de dignidad. Ni criterio. Ni palabra. Puedes elegir la que quieras.
PEDRO: Retiro la pregunta. Escucha, quiero hablarte de algo...
DAMIEN: Tendrá que ser en otro momento. Debo ir a trabajar y no quiero tener que acostarme contigo otra vez si necesito salir del apuro.
PEDRO: Tampoco lo descartes.
DAMIEN: No lo estoy descartando.
PEDRO: ¿Acaso estuviste conmigo ahora para salir de un apuro?
DAMIEN: No, estuve contigo porque no estaba pensando con la cabeza de arriba.
PEDRO: De todos modos, es de trabajo de lo que quiero hablarte.
DAMIEN: Y tendrá que ser luego.

Se quedan mirando sin saber cómo despedirse.
Finalmente, Damien, consternado, sale de la oficina. En el pasillo se choca con Franco, quien lo mira con una especie de asombro y fascinación.

FRANCO

Franco no puede evitar sonreír al ver que Damien se vuelve pálido al ser descubierto.

DAMIEN: ¿Qué tanto escuchaste?
FRANCO: Lo suficiente para entender que tu trabajo no corre peligro. Tienes suerte de que odie a mi padre y no me importe que sus empleados estén teniendo sexo en lugar de trabajar.
DAMIEN: ¿Puedes mantenerlo en secreto?
FRANCO: Sólo porque soy el chico de la limpieza no significa que se lo vaya a contar a todo el Canal. Eso es estereotipo. No voy a revelar que te acostaste con este pescado.

Damien sonríe ante lo que escucha.

DAMIEN: Suenas celoso.
FRANCO: No lo estoy. ¿Por qué lo estaría?
DAMIEN: No lo sé. No tendrías motivos. Fuiste tú el que me rechazó.
FRANCO: Y percibo que te lo tomaste bien. En lugar de sentirte molesto por mi respuesta, fuiste a tener sexo con otro.
DAMIEN: El sexo es vida.

Se quedan en silencio una vez más.

DAMIEN: Bien, debo ir a trabajar.
FRANCO: En algún momento tenías que empezar a hacerlo.

Damien sólo sonríe y se marcha. Franco se queda sumamente irritado.

PABLO

En la playa de Estrella Dorada, Pablo está cerca de la cabaña de guardavidas, esperando a Guillermina. Está vestido simplemente con un pantalón rojo de playa. Su mujer viene hacia él con una sonrisa ansiosa.

GUILLERMINA: Mi amor, ¡viniste!
PABLO: Sí, y no te quiero robar minutos de trabajo, así que dime si quieres que vayamos a la cabaña esta vez o si prefieres ir al bosque.
GUILLERMINA: En realidad, esta vez tenía ganas de plantearte algo diferente.

Pablo sonríe con picardía.

PABLO: Bueno, si quieres algo diferente, tengo la fantasía de ser el amo de dos esclavas. Tengo a una chica perfecta con la que me gustaría ver cómo te enrollas...
GUILLERMINA: ¿Qué? No, Pablo. No hablo sobre sexo.
PABLO: Oh. ¿Qué cosa diferente querías plantearme entonces?
GUILLERMINA: Me di cuenta que estamos hace tres años juntos y que lo único que hacemos constantemente es tener sexo.
PABLO: Lo sé. Yo también me di cuenta de ello y por eso me encanta.

Cachondo, abraza a Guillermina y sus manos comienzan a recorrer sus cavidades. Ella, molesta, lo aparta.

GUILLERMINA: Pero nunca hacemos otra cosa, Pablo.
PABLO: ¿Qué otra cosa más importante podemos hacer?
GUILLERMINA: Hablar de sentimientos, caramba. Nunca me preguntas cómo me fue en mi día, qué estoy haciendo, si estoy cansada, si salvé la vida de alguien.
PABLO: ¿Cómo te fue en tu día?
GUILLERMINA: Bien, pero ese no es el punto...
PABLO: Sí, lo es. Ya te pregunté. Podemos tener sexo.

A la distancia, una mujer comienza a gritar.

VOZ de MUJER: ¡Mi hijo! ¡Se ahoga mi hijo!
GUILLERMINA: ¿Por qué quieres tener sexo a cada rato? ¿No crees que es demasiado?
PABLO: Nunca es demasiado sexo. Guillermina, me conociste y me amaste así, ¿por qué ahora quieres cambiarme?
VOZ de MUJER: ¡Por favor que alguien me ayude!
GUILLERMINA: No quiero cambiarte. Quiero conocerte.
PABLO: Y nada mejor para conocer a una persona que en un momento de intimidad.

Guillermina, hastiada, se aparta de Pablo.

GUILLERMINA: Voy a intentar salvar a ese niño. Tal vez no sea tarde para él.

Pablo se queda confundido mientras la chica, dolida en su orgullo, se marcha hacia el mar.

DAMIEN

Damien e Irupé están saliendo del trabajo, caminando hacia el Barrio. Ella, para variar, está completamente alterada.

IRUPE: ¿Te acostaste con él? ¿Con nuestro jefe? Oh, por dios, Damien. ¡Vas a hacer que nos echen! Si había una chance de que conservemos nuestros trabajos, ahora acabamos de perderla.
DAMIEN: ¿Por qué asumes que voy a quedar despedido?
IRUPE: ¿Acaso no te quiso hablar de trabajo después de que tuvieron sexo? Oh, rayos. No podré pagar el alquiler. Voy a tener que mudarme. Voy a vivir bajo un puente y eso será espantoso para mi cabello. Por otro lado, ¿no te parece sorprendente que a ambos nos atraigan los hombres poderosos?

Damien la mira sin comprender.

DAMIEN: A mí, Pedro. ¿A ti quién?... Oh, Edgar. Cierto.
IRUPE: Es poderoso. ¡Es el dueño del barrio!
DAMIEN: Tan poderoso no parece si quiere robarse el dinero de beneficencia.
IRUPE: Para salvar nuestro empleo, Damien.

Damien se queda meditando sobre la conversación.

DAMIEN: La historia no tiene sentido. Hay una pieza en el tablero que no encaja. El dinero que recaudamos no serviría para sacar al Canal de un bache económico, por lo que sostengo que la plata estaba destinada a un fin menos ambicioso.
IRUPE: Está bien, si debo acostarme con Edgar para averiguarlo, lo haré. Es lo que Virginia habría querido. Y a diferencia de otras ocasiones, esta vez quiero hacerle caso.
DAMIEN: ¿Escuchaste eso? Virginia acaba de descorchar una botella para celebrar lo que acabas de decir.

FRANCO

Franco está limpiando la oficina de la empresa. Pedro ingresa a su oficina y lo reconoce.

PEDRO: Te vi en la fiesta de los romanos. Fuiste con Damien.
FRANCO: Sí, también te vi. Fuiste con Lulú.

Ambos se sonríen, midiéndose y con las armas en alto.

PEDRO: ¿Cómo te llamas, chico?
FRANCO: Mi nombre es Franco, señor. Franco Verdi.

Pedro hace una mueca de asombro al escuchar el apellido del muchacho.

PEDRO: ¿Eres familiar de...?
FRANCO: El hijo del dueño. Y antes de que lo preguntes, la respuesta es sí, mi padre y yo no tenemos un lindo vínculo. Por eso estoy haciendo este trabajo. Él quiere torturarme y yo quiero hacerlo bien para no darle el gusto.
PEDRO: Sería bueno que utilizaras esa energía para mover las fichas a tu favor.
FRANCO: ¿A qué te refieres?
PEDRO: Deduzco que tu padre y tú no se llevan bien. En esta empresa vas a tener el poder de acceder a mucha información que puede beneficiarlo, en especial si desconocen que eres su hijo. No está mal si quieres escalar unos pasos.
FRANCO: Hacer eso, sería hacerlo pisoteando a los demás.
PEDRO: Bienvenido al mundo real, Franco.

Pedro se marcha mientras Franco se queda pensando. Luego, continúa limpiando el lugar.

PABLO

Pablo está en medio del bosque masturbándose cuando escucha un sonido a sus espaldas.
Se gira, asustado, y poco a poco deja de estimularse.
A lo lejos, ve una silueta oscura que se pierde entre los árboles, muy grande para ser una persona.
Toma su celular del pantalón y marca un número. Atiende Santiago.

SANTIAGO: Dime.
PABLO: ¿Hay registros de osos en Estrella Dorada?
SANTIAGO: No, Pablo. Esta no es una zona de osos. ¿Por qué?
PABLO: Porque acabo de ver algo sumamente extraño en el bosque.
SANTIAGO: ¿Qué haces tú en el bosque?

Pablo se mira la entrepierna y deja de masturbarse automáticamente. Se acomoda el pantalón como si estuviera siendo observado.

PABLO: Vine a visitar a mi mujer y salí a caminar por aquí.
SANTIAGO: ¿Está ella contigo?
PABLO: No, un niño casi se ahogó en la playa.
SANTIAGO: O sea que te estás tocando en el bosque, ¿verdad?

Pablo sonríe con orgullo.

PABLO: Es bueno que seas mi amigo y no me juzgues.
SANTIAGO: Me reservo comentarios. Eso que viste, ¿te atacó o algo así?
PABLO: No. Se fue antes de que pudiera distinguir qué era.

Pablo vuelve a mirar hacia el bosque, pero esta vez no percibe nada.

FRANCO

Siguiendo el consejo de Pedro, Franco está decidido a hablar con su padre, ya en la mansión en donde ambos conviven.

FRANCO: Sé que no te caigo bien y que no me quieres aquí.
SR. VERDI: Yo no lo diría así.
FRANCO: Pero acaso, ¿no sientes eso?
SR. VERDI: Sí, pero decirlo es de mal gusto.
FRANCO: Bien, he decidido dejar de pelear contigo.

El señor Verdi lo mira con algo de intriga.

SR. VERDI: Continúa.
FRANCO: Puedo ayudarte. Podemos ayudarnos mutuamente. Ni siquiera tenemos que agradarnos.
SR. VERDI: Pero eres mi hijo. Las normas sociales me lo imponen.
FRANCO: De verdad, no es necesario.
SR. VERDI: ¿Y a qué te refieres a que puedes ayudarme?

Franco se humedece los labios antes de continuar hablando.

FRANCO: Los chicos del Barrio Privado 21 saben que Edgar intentó quedarse con el dinero de beneficencia. Y saben que lo intentó tráertelo a ti. Lo sé porque yo los ayudé.

PABLO

Pablo decide resignarse a no investigar más el bosque y está por volver a la playa cuando aparece Guillermina.

GUILLERMINA: Imaginé que te encontraría aquí.
PABLO: ¿Pudiste salvarle la vida al niño?
GUILLERMINA: Ahora ya no me corresponde salvarlo, sino a los médicos de terapia intensiva.
PABLO: Estuve pensando en lo que dijiste y creo que tienes razón. Tal vez tengamos que usar nuestro tiempo libre para hablar un poco más.
GUILLERMINA: Es todo lo que quería escuchar.

Guillermina le baja los pantalones y se mete su miembro en la boca. Pablo se asombra un instante pero luego vuelve a sonreír.

PABLO: Pensé que ibas a querer hablar...

Ella, obviamente, se saca el miembro de la boca para responder.

GUILLERMINA: ¿Viniste a tocarte al bosque? Tu miembro tiene gusto a semen.
PABLO: Me quedé estimulado después de verte.
GUILLERMINA: Te recompensaré por haberte torturado así.

Guillermina vuelve a concentrarse en lo suyo. De repente, escuchan nuevamente un ruido a sus espaldas.
Pablo se gira y sólo ve una sombra negra que va hacia él y lo golpea.

FRANCO

Franco y su padre continúan conversando.

SR. VERDI: No estoy preocupado por eso.
FRANCO: ¿Seguro que no? ¿Por qué necesitarías el dinero para caridad, papá?
SR. VERDI: No lo necesito yo. Lo necesita Edgar.

Franco permanece inmóvil esperando alguna clase de explicación. El señor Verdi suspira, sabiendo que va a tener que comentar su historia.

SR. VERDI: Edgar necesitaba ese dinero extra para una transacción ilícita, por eso necesitaba que esa plata no fuera contabilizada.
FRANCO: ¿Para qué?
SR. VERDI: Porque Edgar tenía bajo custodia a alguien que no podía salir en libertad. Pero de todos modos, el dinero no apareció.
FRANCO: ¿Eso que significa?

El señor Verdi pone las manos en los hombros de su hijo.

SR. VERDI: Significa que Edgar tiene verdaderos problemas.

HERNAN

Casa de Ignacio.
Hernán está hablando con Álvaro e Ignacio sobre lo que averiguó.

ALVARO: Es imposible... Ella tiene que haberlo engañado.
HERNAN: No lo engaña.
ALVARO: Estoy entrando en crisis, chicos. Golpeamos a alguien. Mandamos a alguien inocente a un estado de coma. ¿Entienden lo grave que es esto?
IGNACIO: Cálmate, Ignacio. Era grave de todos modos.
ALVARO: Pero antes teníamos un sentido de justicia divina. Ahora sólo somos unos simples matones que hacen mal su trabajo.
HERNAN: Creo que lo hicimos bastante bien, considerando que el chico está en coma.

Álvaro pierde la cabeza ante el chiste de Hernán.

ALVARO: ¿Realmente consideras que esto es un chiste?

IGNACIO: Cometimos un error terrible que le costó parcialmente la vida a una persona. No podemos remediarlo. Pero no ganaremos nada perdiendo la cordura.
VOZ de EDGAR: ¿De qué hablan?

Todos se giran para ver a Edgar Villas entrar en la puerta de la habitación.

IGNACIO: Papá... ¿Qué haces aquí?
EDGAR: Quiero hablar contigo.
IGNACIO: Creo que tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
EDGAR: Sí, tenemos un tema en común todavía.

Edgar le lanza una mirada inquisitiva a Ignacio. El muchacho relaja su actitud defensiva, comprendiendo lo que quiere decir su padre.

IGNACIO: ¿Es por él?
EDGAR: Está libre.
HERNAN: ¿Quién está libre? ¿De qué hablan?

Ignacio se gira sonriente para mirar a Hernán y Álvaro, quienes desconcertados miran la escena.

IGNACIO: Lo siento, chicos. Debemos dejar nuestra reunión aquí. Tengo que hablar con mi padre.

Hernán y Álvaro se miran con desconfianza y luego se encaminan, lentamente, hacia la puerta. Apenas ponen un pie fuera, Ignacio cierra la puerta de su casa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario