JOSEPH
No
entendía nada.
Bruno,
que estaba muerto hace un instante, ahora lo sujetaba desde el cuello.
De
alguna forma, continuaba sin vida. Pero se movía.
Mira
a Ignacio, esperando que le brindara una explicación. El hijo de Edgar estaba
fascinado ante la resurrección.
Joseph
le pega una patada a Bruno. Afortunadamente, pese a su repentina fuerza,
todavía no se mostraba débil.
JOSEPH:
¿¡No piensas ayudarme!?
IGNACIO:
Estaba muerto.
JOSEPH:
Lo sé.
IGNACIO:
Ahora está vivo.
JOSEPH:
No sé si vivo. No tan muerto es la descripción correcta.
IGNACIO:
Fascinante.
Bruno
lanza un gemido similar a un ladrido.
Los
mira y se tira sobre ellos.
Ignacio
consigue esquivarlo a último momento pero Joseph no. La bestia se tira sobre
él, lo hace perder el equilibrio y lo derrumba en el suelo por completo.
Ignacio,
una vez más, preso de una fascinación por el renacido, se queda de pie
observando.
JOSEPH:
¡Diablos! ¡Ayúdame!
IGNACIO:
No creo poder contra él.
JOSEPH:
¡Mandaste a un estado de coma a Fernando! ¡Podrías pelear contra Bruno!
IGNACIO:
Pero Fernando era un delgaducho. Este chico es una mole.
Joseph
no va a conseguir escapar de él.
Y
claramente Ignacio no va a hacer nada para ayudarlo.
Las
manos de Bruno comienzan a cerrarse en torno a su cuello. Quería matarlo.
CONDOR:
Detente.
Fue
automático.
Las
manos gigantes de Bruno abandonan su cuello y se quedan inmóvil.
Joseph,
una vez más, no entiende quién es el extraño sujeto que ahora le da órdenes a
un no muerto.
ALEJANDRO
A
muchos kilómetros de tanta tragedia y muerte, Alejandro está celebrando a la
vida como bien sabe hacerlo.
Se
despierta en su cama alrededor de una muchacha que cobra por darle placer.
Hay
restos de drogas sobre la mesa de noche.
Aspira
un poco para empezar el día.
Su
teléfono suena justo en el momento en que estaba por ir a la ducha.
Se
sorprende al descubrir que es Luciana.
ALEJANDRO:
Luciana, querida, ¿cómo estás?
LUCIANA:
Alejandro... Disculpa que te llame, pero necesitaba de ti otra vez.
ALEJANDRO:
Siempre es un placer ayudarte, Luciana.
LUCIANA:
¿Estás ocupado? ¿Puedes hablar?
Alejandro
mira desde el baño a la mujer que está dormida en su cama.
ALEJANDRO:
Sí, puedo hablar. ¿Qué necesitas?
LUCIANA:
Es mi hermano. Está en camino hacia tu barrio.
ALEJANDRO:
¿A mi barrio? ¿Para qué?
LUCIANA:
Va a visitar a una persona que vive allí.
ALEJANDRO:
Pero ninguna de las personas que viven aquí está en este momento aquí.
Desaparecieron todos.
LUCIANA:
Bueno, hay un tal Zackarías.
ALEJANDRO:
Ah, sí, él no desapareció con el resto.
LUCIANA:
Me solicitó que te pregunte si podrías acompañarlo hasta su casa. ¿Te sería
mucha molestia?
ALEJANDRO:
Ninguna. Desde mi ventana puedo ver la entrada al barrio, así que iré a
recibirlo en cuanto llegue.
LUCIANA:
Gracias, Alejandro. Mil disculpas por molestarte tanto.
ALEJANDRO:
No, es un placer.
JOSEPH
El
sujeto frente a ellos es un hombre delgaducho, vestido con una túnica negra y
una capucha. La primera impresión que tiene Joseph es que la muerte misma está
de visita en el pueblo.
Una
muerte con ojos saltones.
CONDOR:
Pido disculpas por el inconveniente.
JOSEPH:
Bruno estaba muerto.
CONDOR:
Sí. Murió recientemente.
JOSEPH:
Ahora está de pie. ¿Por qué?
CONDOR:
Porque lo traje de regreso.
Joseph
mira automáticamente a Ignacio. Como está más entrenado en el mundo
sobrenatural, quizá pudiera explicar esas sencillas frases sin sentido que
todos los habitantes parecen decir al azar, como si cualquiera pudiera
entenderlos.
IGNACIO:
(a Cóndor) Eres un nigromante.
CONDOR:
En efecto. Quise reunirme con el cadáver más fresco de la zona y fue a este
joven a quien desperté.
Cóndor
mira a Bruno como si fuera el hijo recién nacido.
CONDOR:
¿Se llama Bruno?
JOSEPH:
Sí, pero...
CONDOR:
Es hora de irnos, Bruno.
Cóndor
no se despide de los dos muchachos.
Comienza
a caminar hacia el bosque, detrás de las cabañas abandonadas. Bruno, sin
siquiera reconocerlos, se gira y continúa su marcha detrás de él.
Cuando
ya los pierden de vista, Joseph decide salir de su inmovilidad.
JOSEPH:
¡¿Por qué no me defendiste?! ¡¿Y qué es un nigromante?!
IGNACIO:
Estaba en shock, Joseph. Jamás he visto funcionar la magia de un nigromante.
Estaré mejor entrenado para la próxima.
JOSEPH:
¿La próxima?
IGNACIO:
Un nigromante nunca es bueno. El mundo de los muertos es muchísimo más poderoso
que el mundo de los vivos. Por si no sabes de historia, los muertos son
mayoría. Nosotros también tenemos que irnos. La policía vendrá a buscar un
cadáver y ya no tenemos uno que ofrecerle.
JOSEPH:
Casi hay uno. Y no iba a ser el de Bruno.
IGNACIO:
Bueno, tú hubieras sido un cadáver muy bello.
DAMIEN
Siguió
a Theo al salir de su propia casa.
El
hombre calmo había perdido su temple. Ahora caminaba a pasos agigantados y con
el rostro cargado de preocupación.
Germán
salió de la casa, cerrando la triada. Fue el primero que levantó la vista.
GERMAN:
El cielo.
Damien
levantó la mirada también.
¿En
qué momento esas nubes negras lo abarcaron todo?
DAMIEN:
¿Una tormenta?
THEO:
Sí. Una tormenta. Pero una tormenta causada por otra situación.
GERMAN:
¿Esto lo hizo el famoso Cóndor?
THEO:
Si mis percepciones son correctas, Cóndor habrá conseguido salir de su prisión.
Después de tantos años de magia acumulada, las cosas suelen desbordarse un
poco. Ya el ciclo comenzará a volver a la normalidad.
DAMIEN:
Entonces, ¿estamos yendo detrás de tu amigo?
THEO:
Sí, pero no del nigromante, sino del otro.
GERMAN:
Del demonio.
DAMIEN:
¿No te parece más grave lo del tipejo que puede revivir muertos?
THEO:
Es más grave, sí. Pero no más urgente. La vida de Fernando está en riesgo en
manos de Guido. Cóndor será un peligro mundial si no lo detenemos rápido, pero
puede esperar unos minutos.
DAMIEN:
Vaya, Theo, teniendo en cuenta los peligrosos que son tus amigos, hace que no
quiera quejarme tanto de los míos. ¿Dónde encontraremos a Guido?
THEO:
Sé del lugar al que ese muchacho volvería por instinto. La casa de mi difunta
novia.
VIRGINIA
Siente
cuando Fabián entra en la habitación pero no hace nada para disimular lo que
está haciendo. De todos modos, sería cuestión de tiempo antes que el resto lo
supiera.
FABIAN:
¿Qué estás haciendo?
VIRGINIA:
Me estoy yendo.
FABIAN:
¿A dónde?
VIRGINIA:
A buscar a mi ex.
FABIAN:
No sabía que lo extrañabas.
VIRGINIA:
Tiene el libro, Fabián. Y algunas respuestas que darme al respecto de mi
hermana.
FABIAN:
Oh, ya, tu hermana loca, cierto.
Virginia
lo lapida con la mirada.
VIRGINIA:
No está loca. Es una psicópata. Pero sabe bien lo que hace y es responsable de
una masacre.
FABIAN:
Puedes ponerle eso en la tarjeta navideña.
VIRGINIA:
No creo que mi hermana llegue viva a Navidad.
Toma
su bolso con la mano y emprende su retirada hacia el automóvil.
FABIAN:
Espera, ¿qué hay de los demás?
VIRGINIA:
No puedo preocuparme por los demás en este momento, Fabián.
FABIAN:
De acuerdo. Preocúpate por mí. Quiero irme contigo.
Virginia
estaba tan furiosa que era consciente que no iba a quedarse ni un minuto más en
Bahía Ausente. Pero le sorprendió la oferta de tener compañía en el viaje.
VIRGINIA:
¿Quieres abandonar a los chicos?
FABIAN:
Ni siquiera me caen bien. Y los que me cayeron bien, fueron asesinados anoche
por unas arpías. Vi demasiada gente morir en sólo dos días y, honestamente,
también quiero cobrar venganza contra Margaret.
VIRGINIA:
Un aliado. Una misma enemiga.
FABIAN:
Así es.
VIRGINIA:
De acuerdo. Busca tus cosas y sube al auto. Nos vamos ya.
Tras
unos minutos en donde Fabián se termina de producir para el viaje de regreso,
finalmente los dos cargan sus bolsos en mano en el auto.
Ninguno
percibió, hasta que no fue demasiado tarde, que Ignacio y Joseph habían
regresado.
Virginia
se paraliza al verlo. Él también estaba detrás del Compendio y esperaba poder
marcharse del pueblo antes de que volviera a verlo.
IGNACIO:
Vaya... ¿Vamos a algún lado?
ALEJANDRO
Roger
lo envuelve en un fraternal abrazo en cuanto lo ve, como si fueran viejos
amigos.
ROGER:
¡Qué bueno verte, Alejandro!
ALEJANDRO:
Gracias, Roger, igualmente. ¿Cómo te estás adaptando al pueblo?
Alejandro
comienza a guiarlo hasta la casa de Zack. Caminan pausadamente, disfrutando del
tranquilo día soleado.
ROGER:
Ayer dormí todo el día. Detesto los viajes en ómnibus. No puedo dormir. Por eso
cuando pude volver a la casa de Luciana, apenas apoyé mi cabeza en la almohada,
dormí todo el día. Necesito tener la cabeza despejada y la falta de sueño es un
condicionante.
ALEJANDRO:
Siempre puedes recurrir a la cafeína.
ROGER:
Así como tú a la cocaína.
Alejandro
se ríe. Roger, en cambio, no.
ALEJANDRO:
Bueno, verás...
ROGER:
No me importa, Alejandro. No estoy para juzgarte. Pero cosas importantes van a
pasar y tú también necesitarás tener la cabeza despejada.
ALEJANDRO:
¿Ah, sí? Bueno, me despeja.
ROGER:
No lo hace.
ALEJANDRO:
Bueno, quizá no me despeja tanto, pero me enciende.
ROGER:
No te quiero encendido, te quiero despierto.
ALEJANDRO:
¿Pero para qué?
Ambos
se detienen frente a la Casa 13.
ROGER:
Espero que el buen hombre que vive aquí te lo pueda decir.
VIRGINIA
Virginia,
Fabián, Ignacio y Joseph están de pie en la vereda, como si estuvieran teniendo
un encuentro amistoso sobre la vida misma.
JOSEPH:
Revivió... Como si nada, se levantó y comenzó a atacarme.
VIRGINIA:
Sí, Joseph. Es lo que un nigromante hace.
JOSEPH:
Lo dices como si fueras experta en la materia.
VIRGINIA:
¿Sabes cuál podría ser una forma eficiente de detenerlo? Si encuentro el libro.
Y para poder llegar a él, tengo que viajar a visitar a mi ex novio.
IGNACIO:
Y yo viajaré con ustedes.
Virginia
lanza un gesto de fastidio.
VIRGINIA:
¿Por qué crees que estás invitado?
IGNACIO:
Porque si no me llevas, le daré un beso a Joseph y le pediré que se suicide.
¿Cargarás eso con tu consciencia?
JOSEPH:
Virginia, llévatelo. No estoy para juegos mentales hoy.
Virginia
pone los ojos en blanco.
VIRGINIA:
De acuerdo, Ignacio, puedes ir. Pero si llegas a besarme en algún momento y
hacerme caer bajo algún conjuro tuyo, te prometo que apenas me libere, te
cortaré el cuello de la misma manera que asesiné a tu padre. Excepto que será
en el presente, por lo que no tendrás chances de salir inmune.
IGNACIO:
Sin besos. Entendido.
Ignacio
le da la llave de su coche a Joseph.
IGNACIO:
Iré en el auto con la señorita. Tú puedes volver a Estrella Dorada.
ALEJANDRO
Alejandro
era totalmente incapaz de comprender absolutamente nada de la conversación que
estaban teniendo Zack y Roger.
Ambos
hablaban como viejos amigos pero a la vez era evidente que no lo eran. Había
cierta tensión en el aire que incluso Alejandro, acostumbrado a evadir
cualquier clase de tensión y conflicto, podía advertir.
ZACK:
¿Sabes que si lo haces, el mundo cambiará?
ROGER:
Creo que es hora de que el mundo cambie, Zack.
ZACK:
Todo lo que conocíamos como normal hasta el día de hoy, se modificará.
ROGER:
Estuve preparándome para esto durante toda mi vida. Ante las situaciones
recientes, creo que es obvio que no puedo dejarlo pasar.
Zack
no parece convencido pero no emite juicio de opinión.
Alejandro,
no sabe por qué, pero percibe que no puede hacerlo.
ROGER:
Dime dónde está la puerta.
¿Eso
es el motivo de discusión? ¿Una puerta?
ZACK:
Por última vez, Roger, ¿estás seguro?
ALEJANDRO:
¿Por qué hay tanto misterio con relación a una puerta? ¿Qué hay detrás?
¿Drogas?
Zack
mira a Alejandro como si recién entendiera que está presente en la sala
también.
ZACK:
Magia, Alejandro. Detrás de la puerta que busca Zack hay magia. Peligrosa.
Mortal.
ROGER:
Eso es mala publicidad, Zack. Se supone que no puedes emitir juicios de
valores.
ALEJANDRO:
(a Zack) Y tú sabes dónde se encuentra esa puerta.
ZACK:
Soy el único que lo sabe.
ALEJANDRO:
Y se la dices al primero que pide que se lo digas.
Zack
se rió por el comentario. Alejandro sintió que sirvió para aliviar la tensión.
ZACK:
Hay pocas personas capaces de abrir esa puerta, Alejandro. Estás sentado frente
a uno de ellos.
Alejandro
mira a Roger, que sonrío con orgullo.
Aunque
admite que para él, esta situación no simboliza absolutamente nada.
ROGER:
Dime dónde está.
ZACK:
Por última vez, Roger, la vida de todos va a cambiar si lo abres. La vida del
Círculo de los 7. La vida de tu propia hermana. (Señalando a Alejandro) La vida
de este muchacho.
ALEJANDRO:
Un momento. ¿La mía?
Roger
lo mira con su clásica sonrisa donde muestra todos los dientes.
ROGER:
Así es, Alejandro. Voy a cambiar tu vida. ¿Estás listo para ser la persona más
poderosa de la tierra?
Uno
nunca está listo para escuchar semejante oferta. Pero incluso alguien con el
cerebro tan quemado, es capaz de responder sabiamente a esa pregunta.
ALEJANDRO:
Por supuesto que lo estoy. ¿Dónde tengo que firmar?
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