PABLO
Edgar
recostado sobre él se desangraba.
Una
herida mágica surgió de su garganta.
Ahora
se moría.
Y
a Pablo le molesta que se sienta excitado al ver un cuerpo fallecer en sus
brazos. Tan débil. Tan vulnerable. Dando sus últimos suspiros en sus manos.
EDGAR:
Médico... Llama a un médico...
Pero
Pablo no lo hace.
Se
queda disfrutando, fascinado, de aquel beso que la muerte le otorga a Edgar.
Ya
pensará en qué decir después.
CELINA
Al
borde de un colapso nervioso, Celina intenta detener la hemorragia en el cuello
de Edgar.
Germán,
a su lado, intenta contener el brote de sangre.
Virginia
mira a Edgar con indiferencia, como si no hubiera sido ella quien lo hubiera
acuchillado.
CELINA:
¡Por Dios, Virginia! ¿Por qué hiciste esto? ¿Fue porque te besó? No, no pudo
haber sido por esto. No mataste a Fabricio o a Fernando porque te besaron. Sólo
los humillaste moralmente.
VIRGINIA:
No me besó a mí. Besó a Margaret.
CELINA:
¡¿Y decidiste ponerte celosa?!
VIRGINIA:
Este hombre es el responsable de todo lo que sucede, Celina. Creo que si muere,
podemos tener una vida normal.
CELINA:
Estoy ocupada manteniendo la garganta de este hombre en el lugar, por lo que en
este momento se me vuelve imposible golpearte.
GERMAN:
Un conjuro. Podemos probar con un conjuro.
Celina,
al borde del llanto, asiente ante la idea de Germán.
CELINA:
Intentémoslo.
Alterada,
cierra los ojos para poder concentrarse.
CELINA:
Que tu herida se cure y te olvides de esto. Vuelve a la normalidad, ser
horrible y molesto.
Abre
los ojos, esperanzada.
La
sangre continúa. La herida no cierra.
CELINA:
¡No funciona! Por Dios, díganme que no desperdicié mi conjuro en Edgar y que,
encima, no funcionó.
PABLO
La
sangre dejó de salir.
La
herida se cerró.
Si
no fuera por las manchas de sangre que los rodean, fue como si no hubiera
pasado.
Edgar,
que hasta hace dos segundos atrás se moría, ahora se sienta como si nada.
Ni
siquiera está confundido. Está animado.
EDGAR:
¿Qué pasó?
PABLO:
Ojalá pudiera explicártelo. Simplemente tu garganta se cortó al medio.
Edgar
analiza lo que Pablo le dice, pero luego se encoje en hombros.
EDGAR:
Seguramente alguien intenta matarme. Qué mala suerte, pero no les daré el gusto
de morir. Bueno, teníamos que intentar atrapar a mi hijo. ¿Vamos?
Pablo
asiente.
Para
cuando se levanta del piso también, dejó de estar excitado.
FABIAN
No
puede evitar el rostro de sorpresa ante la imagen que tiene frente a sí.
Germán,
Virginia y la chica que lo rechazó están alrededor del cuerpo desangrado de
Edgar.
FABIAN:
¿Qué demonios...?
CELINA:
¡Virginia le cortó la garganta!
Fabián
mira a Virginia.
Para
haber apuñalado a alguien, la chica parece estar perfectamente bien.
GERMAN:
Celina intentó revertirlo con un conjuro pero no funcionó.
FABIAN:
No va a funcionar. No podemos alterar el pasado.
Celina
deja de gimotear al escuchar eso.
VIRGINIA:
¿Qué significa eso entonces?
FABIAN:
Que esto no pasó hace tres años. Edgar se fue de este campamento y abrió su
barrio privado. No murió en este bosque. Por tanto, no ha sucedido.
CELINA:
Bueno, pero algo desangrado parece.
GERMAN:
¿Y qué hacemos?
FABIAN:
Lo que haríamos con él en el presente si lo encontramos de esta manera.
CELINA:
¿Darnos media vuelta y dejarlo morir?
FABIAN:
Eso mismo.
VIRGINIA:
Bien. Podré con ello.
Y
como si nada hubiera salido mal, Virginia se gira feliz de la vida.
CELINA:
¿A dónde vas?
VIRGINIA:
A bañarme, Celina. Estoy llena de sangre. Les recomiendo que hagan lo mismo.
Celina
queda boquiabierta con la respuesta y mira a los dos jóvenes.
CELINA:
No pienso compartir habitación con esa loca. Por todos los cielos, no quiero
amanecer sin cuello.
IRUPE
No
le cuesta mucho encontrar la reliquia a la que Cóndor hizo referencia en su
relato. La que necesita para poder controlar a Guido y que éste le devuelva a
Fernando. Está en un aparador de cristal en el living de Theo.
Es
un dije grande, de metal, en forma de calavera. En las cuencas de sus ojos hay
rubíes verdes.
En
cierto punto, es un amuleto tétrico.
IRUPE:
¿Qué tan inteligente soy al darle una reliquia a un nigromante? ¿No será por
algo que Theo jamás se lo permitió a Cóndor? Me encantaría que en este momento
hubiera otra persona cerca para, en su defecto, echarle la culpa de mi
decisión.
Irupé
niega con la cabeza.
No
hay nadie.
Jaime
nunca llegó. Damien nunca volvió. Ni siquiera el muchacho que se parece pero no
es Fabián apareció.
IRUPE:
Bien, supongo que haré esto.
DAMIEN
Abre
los ojos lentamente.
La
caída ha sido grande.
Se
golpeó la cabeza al bajar y perdió el conocimiento.
Al
principio, le cuesta entender y recordar.
Pero
recuerda la madrugada de la noche anterior.
El
bar, la charla con el barman sobre los cazadores de turistas, el chico rubio
que se sentó a su lazo, el sexo en el descampado.
Y
la caída.
Ambas
caídas.
Primero
fue Nathan.
Luego
el barman apareció para decirle que aquello era una trampa.
Y
lo era.
Damien
cayó, por segundos interminables que parecieron años.
El
golpe en su cabeza.
¿Acaso
estaba muerto?
Está
bajo tierra.
La
humedad es casi tan fresca y poderosa como la oscuridad.
Sólo
un pequeño rayo de luz, ténue, viene desde el exterior.
De
muchos metros más arriba.
Mira
a su lado.
Nathan
lo observa.
NATHAN:
Despertaste. ¡Qué bien!
CELINA
Celina
está aterrorizada.
Virginia,
de lo más campamento, silva una canción mientras se cambia después de sacarse
toda la sangre de Edgar.
VIRGINIA:
¿Vas a bañarte?
CELINA:
¿Viste Psicosis? ¿La parte donde la chica está en la bañera y aparece el
asesino a acuchillarla? Bueno, se me vino a la mente de repente y he decidido
vivir con la sangre de Edgar en mi cuerpo.
VIRGINIA:
Celina, no seas ridícula. No puedo creer que asumas que te voy a hacer daño.
CELINA:
Creo que este campamento te está volviendo loca, Virginia. Y no de una forma simpática
y divertida, sino de una forma de que en cualquier momento vas a convertirte en
enemiga de Batman.
VIRGINIA:
Oh, amiga mía, te preocupas demasiado. Te prometo que todo va a estar bien. De
hecho, te abrazaría, pero estás manchada de sangre y me acabo de bañar.
CELINA:
Puedo vivir sin el abrazo. Jamás pensé que diría una cosa así.
Virginia
sonríe y continúe peinándose frente al espejo.
MOMENTO MUSICAL
Virginia,
totalmente alegre y jolgoriosa, le canta una canción de amor y amistad a su
querida Celina.
VIRGINIA:
Mjm,
mjm.
CELINA:
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
CELINA:
Habrá
que empezar
sólo
por el ejemplo
y
antes de pedir,
querer
dar primero.
Habrá
que entender
que
no somos tan buenos,
ni
tan, tan sensibles
ni
tan, tan atentos.
VIRGINIA:
Pero
yo por ti
todo
lo haría,
todo
lo mejoraría,
todo
cambiaría,
todo
me cuestionaría.
Dime
qué hay más sano,
qué
hay más sagrado
que
hacer que no sufra
la
persona que amo.
CELINA:
Qué
importa lo mío,
la
razón, la forma.
VIRGINIA:
Si
a ti te hace daño
es
más que de sobra.
CELINA:
Mira
si me quiero
que
no tengo orgullo.
Mira
si te quiero
que
lo tuyo es tuyo.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen tonta
que
vale la pena.
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen loca,
no
hay ningún problema.
CELINA:
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
CELINA:
Habrá
que admitir
que
no somos perfectos
y
tener el valor
de
hacer lo correcto.
Habrá
que poner
la
sangre, el pellejo.
Nada
es más difícil
que
honrar lo pequeño.
VIRGINIA:
Pero
yo por ti
todo
lo haría,
todo
lo mejoraría,
todo
cambiaría,
todo
me cuestionaría.
Dime
qué hay más sano,
qué
hay más sagrado
que
hacer que no sufra
la
persona que amo.
CELINA:
Qué
importa lo mío,
la
razón, la forma.
VIRGINIA:
Si
a ti te hace daño
es
más que de sobra.
CELINA:
Mira
si me quiero
que
no tengo orgullo.
Mira
si te quiero
que
lo tuyo es tuyo.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen tonta
que
vale la pena.
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen loca,
no
hay ningún problema.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen tonta
que
vale la pena.
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Y
ahora soy buena.
CELINA:
Naraná.
VIRGINIA:
Que
me llamen loca,
no
hay ningún problema.
CELINA:
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
Nanananá.
FABRICIO
Fabricio
abre los ojos.
Está
acostado sobre lo que parece ser un piso de paja.
Lo
primero que percibe de él mismo es que está desnudo.
Se
sienta en el piso y mira alrededor.
Es
una jaula.
Los
barrotes son grises y son de un producto que no logra distinguir.
Amplía
su mirada para apreciar que es una especie de granero.
Su
jaula debió ser la de un animal grande porque brinda más la imagen de ser una
prisión.
En
la jaula de al lado está Jaime, también desnudo.
FABRICIO:
¡Jaime!
Se
acerca hacia él pero no toca los barrotes.
Tiene
miedo de que le provoquen una descarga eléctrica, aunque no parecen estar
electrificados.
De
todos modos, el material que recubre los barrotes es extraño y no se anima a
tocarlo.
Jaime
está sentado también, con la mirada perdida en la nada y los ojos llorosos.
Fabricio
se da cuenta que estuvo llorando.
FABRICIO:
¡Jaime! ¿Me escuchas? ¿Estas barras son aisladoras de sonido? ¡Jaime! ¡Jaime!
JAIME:
Te escucho, Fabricio.
FABRICIO:
Ah, bien. ¿Qué sucede? ¿Dónde estamos?
JAIME:
No sé dónde estamos. Me desperté un rato antes que tú. No recuerdo nada desde
el accidente. Pero ya los escuché.
FABRICIO:
¿Qué escuchaste?
No
hace falta que Jaime responda.
Un
grito desgarrador llega desde el otro lado de la puerta de madera.
Un
grito masculino, suplicante, cargado de dolor.
JAIME:
Escuché que vamos a morir aquí.
DAMIEN
Damien
nota que Nathan continúa desnudo.
Su
ropa sigue en la superficie.
Pero
no parece incómodo por el ambiente incómodo de lo que es una especie de cueva.
DAMIEN:
Explícame. ¿Qué estoy haciendo aquí?
NATHAN:
Bueno, verás, creo que eres especial. No a muchos los hago conocer mi hogar.
DAMIEN:
¿Vives aquí?
NATHAN:
No. Aquí fue donde morí.
Damien
queda boquiabierto.
Tras
un instante, se ríe.
DAMIEN:
Vaya. Tuve sexo con un fantasma. ¿Eso es lo que eres?
NATHAN:
Se podría decir que sí.
DAMIEN:
Tu truco es atraer a las personas a este lugar.
NATHAN:
Sólo a los hombres. Me gustan los hombres. En los tiempos que vivía, eso era
una atrocidad. Por eso mismo, me mataron.
DAMIEN:
Sentiría pena por ti si no fuera porque me arrastraste... ¿A cuánto estamos?
¿Dos? ¿Tres metros?
NATHAN:
Dos metros y medio bajo el suelo. Mis asesinos planearon este lugar para que
nunca me encuentren. Si logras ver, por allá encuentras mis huesos.
Damien
agudiza la vista.
En
efecto, cerca de ellos hay una pila de huesos.
Pero
se sorprende al ver que había una pila de cráneos también.
DAMIEN:
O tenías más de una cabeza o hay más cráneos aquí.
Nathan
se ríe.
NATHAN:
Sólo tenía un cráneo. Las otras cabezas son las de los muchachos que convertí.
DAMIEN:
¿En qué convertiste? ¿En polvo?
NATHAN:
Oh, no. En mis acompañantes.
Damien
lo mira.
Esta
vez, ambos permanecen serios.
DAMIEN:
Tus acompañantes.
NATHAN:
Los huesos que traigo aquí no pueden volverse polvo. Sus almas pasan a ser
fantasmas. Y eso es lo que pasará contigo, Damien.
Damien
siente un escalofrío.
NATHAN:
Si te sirve de algo, la buena noticia es que podremos tener sexo por toda la
eternidad.
IRUPE
Con
la reliquia de la calavera en su bolso, Irupé sale de la casa de Theo.
Está
nerviosa. Tanto, que en un primer momento ni siquiera se da cuenta de la
persona que está en la vereda de la vivienda, mirando hacia adentro.
Recién
lo ve cuando sale al exterior.
IRUPE:
¿Ignacio?
El
hijo de su amante.
Corrección,
el hijo sexy de su amante.
No
es lo mismo que en la puerta de una casa, a un día entero de viaje de Estrella
Dorada, aparezca el hijo sensual de Edgar a que aparezca Wilfredo.
IGNACIO:
Irupé... No sabía si esta era la casa a la que me mandó mi padre.
IRUPE:
Es la casa de Theo Costas. ¿Qué haces aquí? Pensé que estabas en prisión.
IGNACIO:
Lo estaba. Pero me dejaron salir.
IRUPE:
¿Y decidiste disfrutar de tu libertad en Bahía Ausente? Porque es un pueblo
extraño, casi abandonado, para tomarse unas vacaciones. Sin contar, por
supuesto, que está totalmente gobernado por fantasmas, demonios y hechiceros
que...
Ignacio
la besa en los labios.
Irupé
interrumpe su relato, sorprendida.
Padre
e hijo en sus labios. Y Jaime, por supuesto, en alguna luna.
Él
aparta su rostro.
IRUPE:
Diablos.
IGNACIO:
Lo siento. Tuve que besarte para...
IRUPE:
Sí, no me importa.
Ella
salta a sus brazos y lo vuelve a besar.
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